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Cómo ven los niños pequeños las vacaciones: un tractor y ositos de gominola

niño mirando la playa

Cinco horas y media de coche con el maletero a reventar y dos niños pequeños. Al llegar a nuestro destino, mucho calor, ganas de desembarcar todos los bártulos y nervios por empezar a disfrutar. Dos horas después, ya situados y tirados en la piscina, el mayor suelta la bomba: “¿Cuándo volvemos a casa?”

Las vacaciones son algo que nos hacen una ilusión loca a los padres y que creemos que los niños van a compartir ciegamente con nosotros. Pero su visión del mundo es muy diferente, y también de las vacaciones. Casi me caigo de espaldas cuando el mayor nos preguntó, después del viaje y de estar una hora descansando en la piscina, que si en la vuelta a casa podría ver dibujos en el coche. Y más al verle la cara de angustia que se le puso al enterarse de que íbamos a estar en ese camping una semana. Sigue leyendo

El caminante y la gorila

Estos primeros días de piscina mi hijo y yo nos hemos convertido en una simpática pareja: él un caminante, y yo, una gorila. El enano se pasa la tarde en la piscina paseando de un lado a otro por el césped, como quien hace el Camino de Santiago. De un lado a otro, sin rumbo. El problema es que hace una parada en cada toalla, haya o no gente, para fisgar todo lo que puede y más dentro de las mochilas, para mordisquear chancletas (no entiendo el gusto de hacerlo, con la mía tiene vicio) y cambiar cosas de sitio. Y si no intervengo, se divierte cogiendo algo y dejándolo en la toalla de al lado.

Está claro que no puedo perderle de vista ni un instante, y no es porque tema que se me lance a la piscina de cabeza. Al nene no le interesa el agua porque no puede caminar por ella. Se mete casi obligado, pero enseguida se escapa a investigar. Sólo lleva un mes y medio andando pero parece que lo llevara haciendo toda la vida. Estoy segura de que si contáramos los kilómetros que ha hecho, pronto me superaba.

piscina bebé

No me quejo de que no pare quieto, porque ya me he olvidado de qué era eso de tumbarse tranquilamente en la toalla durante un rato a tomar el sol. Me quejo de que desde que es un caminante (blanco no, es bastante moreno de piel) yo soy la típica madre gorila que va detrás sonriendo y arreglando desaguisados: “No, cariño, esa chancleta no se come”, “Deja esa toalla, no te tumbes ahí, bonito”, “¿Dónde estaba esta mochila de Pocoyó? ¿De dónde la has sacado?”.

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