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De la cuna a la cama (y seguimos usando un proyector de estrellas)

¿Cómo hemos podido vivir sin cama antes? Es lo que ronda mi cabeza después de ver cómo el enano sube y baja de su camita, salta sobre ella, se sienta a leer cuentos y la usa como una extensión de la encimera de su cocinita mil veces al día. Lleva unos pocos días sin cuna y ahora me pregunto cómo no se la cambiamos antes.

Hemos esperado hasta los dos años para cambiarle a su primera cama (una pequeña de 70 cm de ancho y con barrera de seguridad) por miedo a que no durmiera bien o no se adaptara. Pero el cambio, de momento, ha ido rodado. Nos sirve como sofá y butaca, hasta como cambiador (nos ha faltado tiempo para jubilarlo y usarlo únicamente como cómoda), hemos ganado espacio en su habitación y él parece feliz de ser un niño que ya usa cama de mayores. La pega, por ponerle una pega, es que por la noche nos sobresalta algún que otro pequeño cabezazo contra la pared, pero como el susodicho ni se inmuta, hacemos oídos sordos. Se ve que, aunque sin patillas, el peque luce una buena cabeza dura navarra.

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El mono Chinchajo se ha convertido en un buen amigo por las noches. Será por eso que el peque se duerme contando monos, y no estrellas.

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El paso de dormir en brazos a dormir solo en la cuna

¿Cómo conseguir que un bebé duerma solo en su cuna? Y no me refiero a un bebé de pocos meses, sino a un niño de año y medio o dos años que no quiere ni pisar su camita a no ser que ya esté profundamente dormido. A esta pregunta le quiero dar respuesta este verano. Para estos meses nos hemos guardado el mayor reto que tenemos desde que somos padres, conseguir que nuestro inquieto hijo duerma solo en su cuna, sin que tengamos que dormirlo media hora en brazos.

El problema es que ni siquiera podemos colechar con él. Duerme girando sobre sí mismo, cambiando de postura cada cinco minutos y arreando cabezazos a diestro y siniestro a los pobres padres que intenten dormir a su lado. Hoy ha sido una noche de esas en las que decidimos meterlo a nuestra cama a las 5 de la mañana, después de que le despertaran unas pesadillas, y de comprobar que no conseguíamos dormirlo ni teniéndolo una hora en brazos. Al final, él se durmió, pero nadie más. Porque por si los cabezazos fueran poco, ha ampliado el repertorio con tirones de pelo y tortazos. Y si no, aún peor, se escurre dormido hacia abajo y acaba suicidándose cama abajo. Afortunadamente su cuna es ovalada y puede girar a sus anchas.

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Nació demandando muchos brazos, más que otros bebés, y nunca se los hemos negado. No me arrepiento de ello, puesto que sus necesidades eran especiales. Siempre se ha dormido al pecho o en brazos, a veces en la silleta, pero eso de tumbarlo en la cuna o la cama y que él sólo caiga rendido, es una utopía. No se duerme, a él hay que dormirlo.

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