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La hache del infierno

Todo lo que habíamos avanzado con el tema del dormir durante el curso, -horarios, normas y hábitos-, ha estallado por los aires con la llegada del verano. Nos hemos relajado, y mucho, y esto ya no hay quien lo arregle. Somos ahora víctimas de un colecho forzoso que tampoco nos duele tanto, pero que en muchas ocasiones molesta un poco y que tiene forma de puñetazos en el ojo, tortazos a mano abierta en la cara y, sobre todo, pateo de riñones. Precedidas, eso sí, de caricias y preciosos ‘mamá’ antes de dormir.

De nada nos valen ya mis técnicas patentadas de huida ninja cuando se ha dormido, porque él tiene claro que prefiere nuestra cama de metro y medio a la suya de medio metro, y hace todo lo posible por escabullirse. Desde despertarse en medio de la noche y aporrear la puerta (si es que está arrimada y no consigue abrirla), hasta meterse en nuestra cama o directamente gritar en medio de la noche para meterse con nosotros. Así que sí, la cama de matrimonio es ya territorio de tres, y está claro quién manda.

niño durmiendo en la cama de sus padres

Los libros de la mesilla son cuentos infantiles y el tradicional vaso de agua no nos abandona. La sábana con la que me gusta cubrirme para dormir aunque estemos a 30 grados ha quedado ya en desuso, aquí nadie se tapa si él no quiere y lo demuestra con una serie de patadas que pueden acabar en tu ojo si te descuidas. Sigue leyendo

Estirones, pellizcos y tortitas: las manías de los bebés al dormir

A los pocos días de nacer, bautizamos al pitufo como pececito. Como teníamos problemas con el pecho, le dábamos en biberón mi leche, y era tan diminuto que, aunque le quitáramos el bibe de la boca porque se había quedado dormido en la toma, seguía succionando como si tuviera aún la tetina en la boca. Aquello nos hacía muchísima gracia y el gesto se le ha quedado. Ha coincidido, además, que su muñeco preferido es un pez (que por cierto últimamente tiene bastante olvidado) y que es un gran bebedor de agua. Una cosa exagerada.

Para dormir, mientras está en brazos y anda con el chupete, me pide agua como loco. Se bebe varios tragos largos antes de dormirse y esto se ha convertido en un ritual inamovible. Ahora es un descuido terrible irnos a la cuna sin que haya uno o dos biberones de agua cerca. Pero esta manía es muy llevadera. Porque la otra rutina que él se ha instaurado solo (sin contar con mi aprobación) es dar pellizquitos en la carne de sus padres para dormirse.

A su madre, servidora, le ha dado pellizcos en las tetas, tripa, espalda, pecho y cara. Cada pellizco del infierno deja su huella, en forma de arañazo o herida. Porque el enano tiene la necesidad de meter la mano por dentro de mi camiseta para ir cogiendo rodillos de carne de mi tripa, recordándome que tengo muchos hipopresivos aún pendientes antes de que llegue el verano. Llevo un tiempo explicándole que no hay que hacer pupa, pero hay veces en que merece más la pena aguantar el pellizco si así se duerme unos cuantos minutos antes.

Es aún peor cuando toca cortar las uñas y ya tiene puntas milimétricas asomando. (De verdad, que alguien me explique de qué están hechas las uñas de los bebés, porque no son humanas, son cuchillas diminutas que crecen a la velocidad del rayo). Antes, el enano sólo se dormía tocándome la boca, y aquello era muy gracioso. Pero no sé en qué momento optó por subir el nivel de la pequeña tortura antes de dormir.

manos entrelazadas2

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