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Estirones, pellizcos y tortitas: las manías de los bebés al dormir

A los pocos días de nacer, bautizamos al pitufo como pececito. Como teníamos problemas con el pecho, le dábamos en biberón mi leche, y era tan diminuto que, aunque le quitáramos el bibe de la boca porque se había quedado dormido en la toma, seguía succionando como si tuviera aún la tetina en la boca. Aquello nos hacía muchísima gracia y el gesto se le ha quedado. Ha coincidido, además, que su muñeco preferido es un pez (que por cierto últimamente tiene bastante olvidado) y que es un gran bebedor de agua. Una cosa exagerada.

Para dormir, mientras está en brazos y anda con el chupete, me pide agua como loco. Se bebe varios tragos largos antes de dormirse y esto se ha convertido en un ritual inamovible. Ahora es un descuido terrible irnos a la cuna sin que haya uno o dos biberones de agua cerca. Pero esta manía es muy llevadera. Porque la otra rutina que él se ha instaurado solo (sin contar con mi aprobación) es dar pellizquitos en la carne de sus padres para dormirse.

A su madre, servidora, le ha dado pellizcos en las tetas, tripa, espalda, pecho y cara. Cada pellizco del infierno deja su huella, en forma de arañazo o herida. Porque el enano tiene la necesidad de meter la mano por dentro de mi camiseta para ir cogiendo rodillos de carne de mi tripa, recordándome que tengo muchos hipopresivos aún pendientes antes de que llegue el verano. Llevo un tiempo explicándole que no hay que hacer pupa, pero hay veces en que merece más la pena aguantar el pellizco si así se duerme unos cuantos minutos antes.

Es aún peor cuando toca cortar las uñas y ya tiene puntas milimétricas asomando. (De verdad, que alguien me explique de qué están hechas las uñas de los bebés, porque no son humanas, son cuchillas diminutas que crecen a la velocidad del rayo). Antes, el enano sólo se dormía tocándome la boca, y aquello era muy gracioso. Pero no sé en qué momento optó por subir el nivel de la pequeña tortura antes de dormir.

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