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Pasión por los autobuses

En estos primeros días de primavera me entran unas ganas irrefrenables de sentarme en la hierba del parque con el enano y coser pequeños collares de margaritas. Pero él es más de acercarnos a la carretera a ver coches. Por más que le enseño a oler las flores, a coger una y a ofrecérsela a su madre, él sólo quiere balón y asfalto para correr, pero agarrado a mi mano, que aún no se ha soltado. He probado con los palos (a todos los niños le gustan los palos, ¿no?) a ver si le coge cariño al césped, pero nada.

margaritas

Ya me he hecho a la idea de que nuestras tardes no van a ser tan bucólicas como a mí me gustaría, pero de ahí a perseguir todo tipo de vehículos con ruedas hay un trecho. La nueva afición de mi pitufo es ver autobuses, pero no desde la lejanía, sino de cerca e interactuando con ellos. Lo compagina con el mando de la tele y el balón, no deja sus buenas costumbres, pero mirar por la ventana a ver si ve pasar algún autobús urbano (villavesa, como se dice aquí) se ha convertido en su principal obsesión desde hace más de un mes. En nuestra casa, en la de los abuelos, o en mitad de la calle.

Y cada vez que se acerca una a la parada es obligatorio que nos quedemos hasta que se vuelva a marchar, no vaya a ser que ocurra una catástrofe y el autobús se pierda. Todo esto mientras grita, aplaude con fuerza, señala y saluda a los pasajeros y al chófer como si le fuera la vida en ello. Hay conductores que ya nos devuelven el saludo (cada día más, nuestro grupo de fans va aumentando). Hasta con bocinazos y pitidos, que no hacen otra cosa que incrementar la fascinación del enano por estos mostrencos de buses, porque a él, las villavesas que más le gustan son las dobles, las articuladas, justo la que llega casi a la puerta de casa. Sigue leyendo