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¿Puedes olvidar el olor a bebé?

Aspirar la fragancia de la cabecita de un bebé es uno de los gestos que más repetimos las madres. ¿Quién no querría detener el tiempo y seguir oliendo a su pequeño a cada segundo? Qué placer oler a bebé. Impregnarse de su olor después de dormir juntos la siesta o en cada abrazo es una delicia. Y una de las cosas que más se echan de menos cuando el pequeño deja de ser bebé y se convierte en niño.

El olor a bebé es inconfundible. ¿Quién puede olvidarlo? Un olor tierno, limpio, puro, a nuevo. Y, además, se contagia. ¿Nunca os ha pasado que, sobre todo en los primeros meses, os han dicho que olíais a bebé cuando alguien se acercaba a saludaros? ¿O que al entrar a casa de unos amigos que acaban de dar a luz todo huele a su bebé?

Patrick Süskind, en su novela ‘El perfume’, lo describe como un olor a galleta mojada en leche y a caramelo. Es una de las descripciones más bonitas que hay sobre un olor tan especial. Yo diría que huele también a galletas que acaban de salir del horno, a vainilla y canela. A dulce leche materna. A nieve recién caída. A persona nueva, recién hecha, a pureza, a libro en blanco y que puede ser cualquier cosa. 

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Volver a tener un recién nacido en brazos: ¿Para cuándo el segundo?

Esta pasada semana llegó a la familia un nuevo sobrino, un bebé precioso de 3,600 kilos, pelo negro y puñitos en alto al dormir. Su llegada al mundo me removió y volví a revivir mi parto, -de eso hace ya quince meses-, y nuestros primeros meses con mi bebé. Sabía que estaba sensible, pero en cuanto lo sostuve en brazos y aspiré el olor de su cabecita mis hormonas se revolucionaron (si es que alguna vez había estado tranquilas), y no pararon de chillarme que quería y necesitaba tener  otro bebé.

¿Ahora que por fin dormimos de un tirón? ¿Ahora que hemos conseguido cogerle el tranquillo y hasta parece que controlamos la situación? Mi pareja, que ya había leído en mi cara mis intenciones, y que tiene la cabeza más fría (o que no está a merced de las hormonas y de la biología más básica, como yo) me echó el alto rápidamente.

«Tienes la mirada desenfocada. No mires al bebé, mira a la madre y dime si es lo que quieres ahora», me dijo. En casa, me releí el post de Maternidad idealizada para acallar mi baile hormonal y conseguí dormir más tranquila. La llamada de la biología es atroz, y por lo visto, a los hombres no les afecta. Si mi razón no se impusiera, la especie humana estaría más que perpetuada.

Debe de ser normal pensar unos días en que así, los tres solos, estamos de maravilla en nuestro minipiso, y otros en que tenemos que ampliar la familia y mejor hacerlo cuanto antes (con movida inmobiliaria de por medio). Mi madre ya va soltando alguna indirecta. Realmente, es bastante directa: «El chico ya se nos está haciendo mayor. Tendrías que tener ahora una nenita, ¿no te parece?». Jamás habría pensado en tener únicamente un hijo, pero después de pasar un año sin dormir la idea se me ha hecho más que atractiva. Sigue leyendo

El primer día de nieve (todo es el primer)

Confieso que soy muy sentimental y de lágrima fácil. Muy fácil. Puedo llegar a llorar por la muerte del personaje de una película de la que sólo he visto cuatro minutos mientras hacía zapping. Mi pareja da fe de ello. Este defecto, -a veces es terriblemente embarazoso no poder controlarlo-, se agudizó cuando me quedé embarazada. Esos meses las hormonas me convirtieron en un ser aún más emocional, y tras el parto no se arregló. Sigo igual, o parecido.

No es un drama, pero es inevitable que se me escape una lagrimilla si veo una foto de mi bebé recién nacido o si bajo al trastero a por la ropa de temporada y encuentro los bodies y pijamitas de primera puesta. De hecho, me emociono hasta por cosas que supuestamente deberían emocionarle a él.

nieve

Ayer estuvimos pasando el día en la nieve, su primer día de nieve. Sólo por el mero hecho de serlo, ya tenía mis hormonas en ebullición desde el punto de la mañana. Fue aparcar el coche, salir a pisar la nieve y soltar una lagrimilla. Totalmente sobreactuado, ¿verdad? Que se lo digan a nuestro pitufo, que ni se inmutó. Miraba fijamente el paisaje blanco, eso sí, como extrañado, pero sin demasiadas alegrías.

Mientras yo no cabía en mí de la emoción, el enano iba sobre del trineo que empujábamos por un camino llano como si la fiesta no fuera con él. Todo marchaba bien hasta que echó la mano fuera y se topó con la nieve. La sensación helada no le gustó ni un pelo, así que ahí empezó a llorar y a protestar. Conseguimos convencerle de que aguantara un poco más en el trineo, por no irnos a los cinco minutos de llegar, entreteniéndole con los niños y perros que iban pasando por el camino. Y al final, hasta se lo pasó bien. Sigue leyendo