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Parir con epidural y sin ella

de parto con y sin epidural

Ésta es la última foto que tengo de mi segundo embarazo. Me la saqué cuando estaba tumbada de madrugada en la sala de monitores del hospital, con las correas para controlar las contracciones después de haber roto aguas en casa. En ese momento no sabía cómo iba a ser mi parto, pero sí tenía claras dos cosas: que iba a evitar por todos los medios que fuera un inducido y que pediría la epidural. En lo primero acerté, pero no en lo segundo.

He vivido un parto con epidural y otro sin ella, y las sensaciones son completamente diferentes. Tampoco tienen nada que ver la recuperación y el postparto más inmediato: tras dar a luz sin anestesia, y si todo ha ido bien, te sientes con fuerzas como para salir andando de la camilla (aunque no te dejen, por supuesto) y tampoco tienes que esperar para comer algo.Esto es algo a valorar, teniendo en cuenta que se puede estar sin ingerir sólidos horas o incluso días si el parto se alarga mucho. Sigue leyendo

Los mejores inventos de la humanidad (para mí)

Desde que he sido madre, mi escala personal de los mejores inventos de la humanidad ha cambiado. No es que antes tuviera un ranking, pero sí es cierto que en los ratos que pasamos con el pecho, una piensa en todo tipo de cosas. Hasta en esto.

En lo más alto de mi top ten personal se encuentra, en primerísimo primer lugar, la epidural. Ese gran invento que me alivió y relajó tanto que, en aquel momento, despatarrada en la camilla de la sala de dilatación y entre contracciones, solo podía pensar en mandar un whatsapp a mis amigas para decirles chorradas del estilo ‘I love epidural’, ‘Viva la epidural’ o ‘Poneos ya la epidural’, aunque ninguna estuviera embarazada.

Me declaro fan de la polémica epidural, y eso que antes de las dilataciones me planteé no pedirla para que fuera un parto natural. Pero mi parto, como conté aquí, fue provocado y corrieron ríos de oxitocina sintética, que hacen que las contracciones sean más fuertes y dolorosas (la razón es que son artificiales y no van al ritmo del cuerpo). Se me hizo imposible resistir aquellos dolores, así que después de cinco horas de sufrimiento la pedí a gritos. El drama vino en que tuve que esperar durante una interminable hora (más larga que nunca) hasta que me la pusieran porque me faltaban unos análisis. En mi caso, la epidural me ayudó a relajarme, a descansar un poco y a retomar el parto con más ganas y alegría. Seguí sintiendo absolutamente todo, pero con menos dolor. Y aún me tuvieron que poner otras dos inyecciones de refuerzo durante el expulsivo.

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