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Leyendo cuentos también en la tele

Si fuera por mi hijo, nos pasaríamos el día contando cuentos, enlazando historias, relatos inventados, recuerdos y chascarrillos, y leyendo todo tipo de libros, quizá hasta el diccionario. El jueves pasado leímos también en televisión, en el informativo de mediodía de TVE1, ni más ni menos. Contamos en antena nuestra experiencia leyendo el libro ‘El conejito que quiere dormirse’, del que dicen que es infalible para dormir a los niños. Una experiencia que adelanté en este post, que ha sido el más leído de septiembre.

En el reportaje que firma Ángela Alcover, los psicólogos a los que se pregunta por este libro no se ponen de acuerdo: para unos se emplean simplemente técnicas de relajación para los niños, mientras que otros advierten de que puede ser peligroso porque recurre a la hipnosis. De cualquier manera, a nosotros sigue sin funcionarnos, más allá de que sí relaja a mi hijo.

Reitero mi opinión: sirve para dormir al niño que realmente quiere pero no puede por estar nervioso, preocupado o excitado. Pero si el niño se resiste, mejor emplear ese tiempo en calmarle con otros recursos. Después de todo lo que se ha dicho, creo que recurriré a él en contadas ocasiones, cuando me lo pida y contado a nuestra manera.

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¿Es el libro de ‘El conejito que quiere dormirse’ infalible? Lo hemos probado

Dicen del cuento ‘El conejito que quiere dormirse’ que es un libro infalible para  dormir a todos los niños. Por eso, es el más vendido en Amazon en Estados Unidos. Su efecto somnífero está basado en la ciencia: la historia utiliza técnicas psicológicas avanzadas para relajar al niño, dando consejos al subconsciente para que se quede poco a poco dormido. Hasta aquí, la teoría, pero ¿realmente es tan efectivo?

¿Funciona de verdad? Lo he probado y puedo decir que sí, pero con reservas. Por el momento, se lo he leído a mi hijo de dos años y medio sólo una noche antes de acostarse. Para que se entienda bien cómo son nuestras noches, normalmente nos acostamos los dos en la cama para dar inicio a un gran despliegue de cuentos y triquiñuelas para dormirlo. Tardamos entre media y una hora en dejarlo completamente frito, y sólo después de contar tres o cuatro cuentos (para él nunca son suficientes), leídos o inventados. Suele caer dormido sólo cuando yo me tumbo junto a él y me hago la dormida (muchas veces, caigo yo antes).

La noche que le leí el cuento del conejito, en cambio, sólo hubo tiempo de contar esa historia. No se durmió durante su lectura, como yo esperaba (quizá mis expectativas eran demasiado altas), pero sí estuvo muy relajado y quieto mientras se lo narraba, algo que nunca ha hecho. Apoyó su cabecita en mi hombro para ver los dibujos y seguir la historia, y se quedó completamente quieto. Y se durmió cinco minutos después de terminarlo. En total, pasaron veinticinco minutos hasta que se quedó dormido. Sigue leyendo

La hache del infierno

Todo lo que habíamos avanzado con el tema del dormir durante el curso, -horarios, normas y hábitos-, ha estallado por los aires con la llegada del verano. Nos hemos relajado, y mucho, y esto ya no hay quien lo arregle. Somos ahora víctimas de un colecho forzoso que tampoco nos duele tanto, pero que en muchas ocasiones molesta un poco y que tiene forma de puñetazos en el ojo, tortazos a mano abierta en la cara y, sobre todo, pateo de riñones. Precedidas, eso sí, de caricias y preciosos ‘mamá’ antes de dormir.

De nada nos valen ya mis técnicas patentadas de huida ninja cuando se ha dormido, porque él tiene claro que prefiere nuestra cama de metro y medio a la suya de medio metro, y hace todo lo posible por escabullirse. Desde despertarse en medio de la noche y aporrear la puerta (si es que está arrimada y no consigue abrirla), hasta meterse en nuestra cama o directamente gritar en medio de la noche para meterse con nosotros. Así que sí, la cama de matrimonio es ya territorio de tres, y está claro quién manda.

niño durmiendo en la cama de sus padres

Los libros de la mesilla son cuentos infantiles y el tradicional vaso de agua no nos abandona. La sábana con la que me gusta cubrirme para dormir aunque estemos a 30 grados ha quedado ya en desuso, aquí nadie se tapa si él no quiere y lo demuestra con una serie de patadas que pueden acabar en tu ojo si te descuidas. Sigue leyendo

La sincronización entre madre e hijo

Si alguien me hubiera contado cuando estaba embarazada que se iba a crear un lazo o vínculo tan fuerte entre mi pequeño y yo, no lo habría creído. Era consciente de que algo así iba a ocurrir, pero no a este nivel, tan fuerte y sorprendente que es digno de protagonizar un programa de Iker Jiménez. No quiero ponerme trascendental, que también podría, porque no me refiero al vínculo especial que se ha formado entre los dos, sino a la sincronización que vivimos desde que nació el pequeñín en aspectos muy cotidianos de nuestro día a día.

Hablo más de cosas curiosas y sorprendente que nos ocurren a los dos al mismo tiempo, como si nos uniera un lazo invisible. Intuyo que si nos ha pasado a nosotros, será algo que le suceda también al resto de madres y padres con sus hijos. ¿Es así?

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Un ejemplo muy representativo es una experiencia que viví durante la lactancia. Salvando los problemas del primer mes y que se resolvieron gracias al alquiler de un sacaleches de doble extracción, conseguimos instaurar las tomas sobre el segundo y tercer mes de vida del chiquitín. Mi bebé tendría unos tres o cuatro meses y se despertaba dos o tres veces por la noche para tomar pecho. Estábamos tan sincronizados (a pesar de mis hondas ojeras y de mis escasas horas de sueño que me obligaban a arrastrarme por el suelo) que por la noche me despertaba con un hormigueo casi doloroso en el pecho, como si estuvieran rebosantes (y en efecto así era), justo unos minutos antes de que el pequeño se despertara suplicando como un loco por su comida. Sigue leyendo

La nostalgia del embarazo

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Últimamente echo de menos estar embarazada. Por sentir los movimientos del bebé, por acariciarme la tripa, por la manera en la que ves el mundo, más de rosa, y por ese lazo que se estrecha aún más con tu pareja imaginándoos como padres. Pero también, y no lo puedo negar, por las cuestiones más prácticas, como dormir y comer cuanto quiera.

Jamás he dormido tanto como en el embarazo (sobre todo en el segundo semestre, cuando han pasado los nervios del primero y no han llegado las molestias del tercero). Solía dormir alrededor de doce horas diarias, era muy disciplinada con la siesta, y si podía, las cabezadas duraban dos horas. Solo pensaba en meterme en la cama en cuanto podía, y también en comer todo lo que quisiera. Porque no tuve ningún antojo, pero creo que me los di todos. Sigue leyendo