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De tiendas con un bebé

Desde que soy madre ando a la gresca con ir de tiendas. Y mira que me encantaba pasar las tardes de tienda en tienda, primero mirando, después probando y por último comprando. Saboreando cada momento, mirando catálogos, fichando en las webs y recreándome con los accesorios. Ahora ni lo uno, ni lo otro, como mucho echar una ojeada rápida al escaparate, y a seguir paseando.

Cuando mi hijo tenía unos pocos meses se me hacía bastante complicado ir de compras, y no sólo porque la ropa ya no queda como antes (¿desde cuándo los vestidos son tan cortos?). Por mucho que calculara el hueco entre los maniquís y las perchas de ropa, siempre chocaba con algo. Para cuando conseguía elegir algo que tapara la tripilla, parte del culamen y de los muslos, llegaba al probador y no me cabía el carrito. Menos mal que alguna dependienta de Zara me veía desesperada, se apiadaba de mí  me dejaba entrar en el más grande.

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De todas formas, era matemático: en cuanto quería probarme algo, el enano empezaba a gimotear, quería movimiento. Y ahí empezaban los sudores: en un metro cuadrado de probador tenía que probarme un pantalón que no subía, el niño lloraba, el foco me achicharraba y el pantalón se hacía un rodillo que no subía por la cadera. Al final, salíamos de la tienda y como mucho, acabábamos en Zara Kids o en la sección de bebé de H&M, donde es bastante más satisfactorio sacar la tarjeta.

Pensé que todo mejoraría cuando fuera más mayor y no tuviera que depender del reloj para calcular cuándo podía probarme algo entre toma y toma. Pero es aún mucho peor. Porque mi hijo es un yonki de ver autobuses y coches, de estar en el exterior, no en el interior. Además, estos últimos meses se le ha debido de despertar el gen de los hombres, ese que les hace clic en el cerebro en cuanto cruzan la puerta de alguna tienda y les hace agonizar en minutos.

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