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Las reglas del patio

reglas del patio cromos

Una no conoce del todo a su hijo hasta que no lo descubre en plena libertad en el patio del colegio, esa salvaje jungla en la que los niños se intercambian sus bocadillos y fruta por galletas a escondidas de sus padres.

El patio tiene sus reglas y ellos las aprenden rápidamente. A los padres nos cuesta algo más, pero sólo hasta que descubrimos mejor no interceder en los intercambios de cromos de fútbol y hacer de tripas corazón cuando al niño le han dado gato por liebre. Es la primera ley del patio: los mayores van a tratar de quitarle como sea todos los buenos (Messi o Cristiano no duran ni dos segundos en sus manos), pero él terminará haciendo lo mismo dentro de poco a los más pequeños. Es un aprendizaje por el que todos pasan.

El cabreo se pasa cuando vuelve feliz con su taco de cromos, contando entre sonrisas que “un mayor” le ha hecho un cambio. Aunque el cambio sea muchas veces por nada. Porque para estos enanos los cromos de fútbol son lo de menos. El mío no tiene ni álbum, lo que quiere es estar dentro del corro de cambios, a poder ser con mayores. Sigue leyendo

Escolarizando en una lengua que no conocemos

Hace un año, tomamos una de las decisiones más difíciles, la de la elección del colegio, que en nuestro caso, además, estaba unida a la del modelo lingüístico. Tras pensárnoslo mucho y analizar diferentes opciones, y a pesar de que no sabemos euskera, acabamos escolarizando al pequeño en el modelo D (todas las asignaturas en euskera con asignatura de castellano y varias horas a la semana de inglés desde los 3 años).

En Navarra el mapa de los modelos lingüísticos es complejo y polémico, sobre todo porque esta decisión tiene mucho que ver con la ideología de cada uno. Por eso no es un tema en el que quiera meterme, ni voy a justificar nuestra decisión personal, sino hablar de cómo lo estamos llevando en casa. Porque no es como si mi hijo aprendiera ruso, -puesto que conocemos alguna palabra en euskera y no nos resulta una lengua ajena-, pero partíamos casi de cero.

La decisión fue difícil porque nos echaba para atrás que nosotros no domináramos esa lengua, y teníamos miedo de que no pudiéramos acompañarle durante las tareas, que no alcanzara el nivel de sus compañeros (porque en casa no puede practicarlo) o incluso que no terminara de manejarse bien en castellano o en un tercer idioma (inglés). Ahora vemos que esos temores eran infundados.

escolarización

Las últimas dudas se me terminaron por despejar en una charla en la que trataron este tema con expertos. Éstas son mis conclusiones sobre qué pasa cuando escolarizas a un niño en una lengua que los padres no dominan. Hablo del euskera, pero vale para otras lenguas desconocidas para los padres: Sigue leyendo

Un álbum de fotos quitapenas para el colegio

En septiembre del año pasado publiqué esta entrada sobre nuestro álbum de fotos para la escuela infantil. Un año después, nos han vuelto a pedir un libro con fotos significativas del niño para el colegio y vuelvo a repetir la experiencia.

El libro de fotos va a cumplir una función muy importante: que mi hijo, en un nuevo entorno al que no está acostumbrado, el colegio, siga teniendo cerca fotos de su familia, de momentos divertidos, que le traigan buenos recuerdos y de las cosas que le gustan. Algo familiar a lo que aferrarse cuando lo necesite, una referencia que le dé alivio cuando se sienta nostálgico, triste o aislado. Pero también, -y esto lo descubrí en el último año de escuela infantil-, algo que mostrar a los otros niños de su clase, algo que intercambiarse para curiosear y entretenerse.

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Me sorprendió mucho descubrir en la guardería cómo los niños trataban estos álbumes como tesoros. Se sentaban en el suelo y los repasaban, miraban por encima del hombro cuando otro niño los abría, y, lo mejor de todo, funcionaban como quitapenas: cuando mi hijo se quedaba llorando en la clase después de que nos despidiéramos de él, no faltaba una amiguita o amiguito que le llevara corriendo su álbum o una foto de la familia. Me enternecía. Y al recogerle, le descubríamos abrazando con fuerza la foto plastificada de los tres o regañando a otro amigo porque estaba leyendo su libro de fotos.  Sigue leyendo

¿Es pronto para la educación infantil?

Mientras tomamos la difícil decisión de la elección del colegio, me impresiona pensar en que, dos meses después de celebrar el segundo cumpleaños de mi hijo, ya estemos preparando los formularios de preinscripción para el colegio. Se me hace demasiado pronto y se me encoge el corazón pensar en que el mismo peque que se queda llorando todas y cada una de las mañanas al dejarle en la escuela infantil (menos dos, si hay que ponerse sincera), vaya a pasar en ocho meses al colegio de mayores.

Para los de finales de año el inicio de la escuela es mucho más dura. La diferencia entre unos niños y otros, de casi un año en algunos casos, es totalmente objetiva e innegable. Casi doce meses, a estas edades, marcan un abismo. Puede ser la diferencia entre un bebé y un niño, entre el pequeño que sólo balbucea (como el mío, que aún sólo dice papá y mamá) o el que canta en dos idiomas y relata historias infantiles a sus padres.

Mi peque entrará al colegio con dos años y le quedarán aún tres o cuatro meses para cumplir los tres. ¿Sabrá para entonces abrocharse los botones, subirse una cremallera o ponerse el abrigo solo? ¿Irá de buena gana o llorando, como hace cada mañana para que no me separe de él aun sabiendo que se lo pasa muy bien en clase y que quiere mucho a sus educadoras?

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La elección del colegio: no existe el centro perfecto

Entre esta semana y la próxima vamos a tener que tomar una de las decisiones más difíciles e importantes desde que somos padres: la elección del colegio. Nada es irreversible, por supuesto, pero la solución que tomemos va a marcar nuestra rutina del futuro, el círculo de amistades de mi hijo, quizá el nuestro propio y en gran medida su futuro académico (y lo digo así porque creo que no depende al 100% de los padres y del centro, también de las capacidades de cada niño). Y como tantas otras familias que visitan estos días centros escolares en jornadas de puertas abiertas y se entrevistas con otros padres, somos un mar de dudas.

Si algo he sacado en claro, por el momento, es que no existe el colegio perfecto, es únicamente una cuestión de prioridades. Ningún centro va a cumplir todos nuestros requisitos y la decisión se toma en función de qué requisitos o exigencias valoremos por encima de otras.

Así que una decisión así, la gran decisión, depende de las prioridades que hayamos establecido como padres para la educación de nuestros hijos: cercanía, ideología, modelos lingüísticos disponibles, relación con las familias… Y, desgraciadamente, algo se va a quedar por el camino: si nos entusiasma el centro puede que nos pille demasiado lejos, lo cual tiene sus problemas; o puede que no disponga de servicio de comedor o de autobús, como tienen otros.

No sólo cuenta la calidad de la enseñanza ni todo se mide por resultados académicos. De hecho, en mi caso -y al contrario que estas familias que me han escandalizado– es un dato más a tener en cuenta, pero no el fundamental. Porque después de devanarme muchos los sesos he llegado a la conclusión de que mi principal requisito es que mi hijo no se siente fuera de lugar en su colegio y que allí sea feliz. Sigue leyendo