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Cómo hemos abandonado el chupete sin prisas ni lloros

Después de caer en la cuenta de que el chupete lleva abandonado en unas estantería desde hace dos o tres semanas, puedo decir sin miedo que hemos conseguido dejarlo. O más bien debería decir que el chupete nos ha dejado a nosotros, porque casi ni nos hemos enterado. Es curioso, pero este tema me daba miedo, creía que iba a ser una gestión mucho más complicada, con lloros y malas noches de por medio, trucos y estrategias creativas para deshacernos de él, pero no ha sido así. Se ha parecido, más bien, a aquel destete respetuoso en el que mi hijo decidió que ya no quería más pecho a los 15 meses.

Ahora ha sido el quien ya no veía necesario el chupete y por eso ni se ha acordado de él, ni nos hemos acordado nosotros. Duerme sin él por las noches y tampoco lo pide en sus momentos de lloros o después de caerse. Y la clave de ello ha sido simplemente algo tan fácil como dejar pasar el tiempo y darle confianza, sin negárselo a la fuerza en ningún momento.

chupetes de un niño

Recuerdo que hace seis meses, en la revisión de los dos años, la pediatra nos aconsejó que le quitáramos el chupete ya, aduciendo problemas de dentición y de excesiva dependencia. Nos lo estuvimos pensando, pero sabíamos que no era el momento de hacerlo: sólo se dormía con su tete, se volvía muy loco cuando no lo encontrábamos y lo demandaba y lo usaba todo el tiempo para estar en casa. Leer este artículo de Maternidad Continuum me dio tranquilidad. No quise meterme en aquella batalla a la que no le veía sentido: mi hijo estaba verde y necesitaba más tiempo. Sigue leyendo

Los mejores inventos de la humanidad (para mí)

Desde que he sido madre, mi escala personal de los mejores inventos de la humanidad ha cambiado. No es que antes tuviera un ranking, pero sí es cierto que en los ratos que pasamos con el pecho, una piensa en todo tipo de cosas. Hasta en esto.

En lo más alto de mi top ten personal se encuentra, en primerísimo primer lugar, la epidural. Ese gran invento que me alivió y relajó tanto que, en aquel momento, despatarrada en la camilla de la sala de dilatación y entre contracciones, solo podía pensar en mandar un whatsapp a mis amigas para decirles chorradas del estilo ‘I love epidural’, ‘Viva la epidural’ o ‘Poneos ya la epidural’, aunque ninguna estuviera embarazada.

Me declaro fan de la polémica epidural, y eso que antes de las dilataciones me planteé no pedirla para que fuera un parto natural. Pero mi parto, como conté aquí, fue provocado y corrieron ríos de oxitocina sintética, que hacen que las contracciones sean más fuertes y dolorosas (la razón es que son artificiales y no van al ritmo del cuerpo). Se me hizo imposible resistir aquellos dolores, así que después de cinco horas de sufrimiento la pedí a gritos. El drama vino en que tuve que esperar durante una interminable hora (más larga que nunca) hasta que me la pusieran porque me faltaban unos análisis. En mi caso, la epidural me ayudó a relajarme, a descansar un poco y a retomar el parto con más ganas y alegría. Seguí sintiendo absolutamente todo, pero con menos dolor. Y aún me tuvieron que poner otras dos inyecciones de refuerzo durante el expulsivo.

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