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La suerte de tener pueblo

vista

Tener un pueblo es una suerte. Es algo que intuía, que sabía porque me lo habían repetido mil veces desde pequeña, pero que ahora, al tener un hijo, se me ha descubierto como una gran verdad. Vivimos en un pueblo grande pegado a Pamplona, que tiene las ventajas de lo rural y de la ciudad. Pero además, por mi parte y por la de su padre, mi hijo tiene otros dos pueblos más para elegir: uno en la zona media de Navarra y otro en pleno valle pirenaico. Tres visiones completamente diferentes de pueblos que se complementan y que ofrecen un abanico interminable de oportunidades diferentes: amigos, montaña, río, fiestas, piscina, campo, animales…

He pensado mucho en ello toda mi vida, pero ahora que puedo observarlo de cerca en mi hijo es más evidente todavía: los niños que tienen pueblo son diferentes. Tienen un conocimiento más rico, más de andar por casa, más pegado a la naturaleza. Porque experimentan más y tienen una mayor libertad. Sigue leyendo

Diez días como dos meses

Podríamos haber cruzado una secreta línea del tiempo mientras viajábamos en avión a la playa. Podría haber ocurrido que se congelara el tiempo estos últimos diez días, y no me sorprendería. Para nuestro hijo, estos diez días de vacaciones, dedicados exclusivamente a él, a estar juntos, parecen haber sido dos meses.

En este tiempo, hemos sido más Mapai que nunca. Esa manera que tiene de llamarnos mamá y papá (mamai y papai en su jerga) y que en su máxima expresión y excitación lleva a Mapai, el ente sobrepoderoso, una unión que lo forma todo y que centra el eje de su mundo (al menos de momento). El secreto estaba en que él llevaba entre sus pequeños coches de juguete un pegamento extrafuerte y que actuaba siempre que nos sonreía.

niño mirando al mar

Creía que en este tiempo su lengua se desatascaría y que se arrancaría con alguna palabra más. Pero no le ha hecho falta. Todo lo que quería decir era Mapai, mamai y papai y eso bastaba. En sus momentos de mayor felicidad gritaba nuestros nombres y se señalaba a sí mismo, repitiendo los tres sonidos una y otra vez, en un bucle salpicado de risasSigue leyendo

Los niños son para el verano

Creo que mi hijo también sufre una pequeña depresión postvacacional, como nosotros. Ha vuelto de las vacaciones completamente asilvestrado. Quiere estar desnudo, sin pañal ni ropa, y todo el calzado le molesta. Ansía corretear por el césped y por la arena libre, sin horarios, comiendo lo que sea cuando pueda, probando de todo, y durmiendo sólo cuando sus pilas están completamente agotadas. Y es que los niños son para el verano, o el verano para los niños, como quieras decirlo.

Es curioso que hemos hecho lo mismo que siempre, pero en un contexto diferente. Ahí está lo emocionante del asunto. Donde se volvía loco viendo autobuses, ahora apunta con su rechoncho dedo a los yates y barcos que ve cruzando el horizonte. Y si su segunda afición era perseguir palomas por la calle, ahora ha descubierto que aún hay aves más grandes, las gaviotas, y que son mucho más divertidas porque chillan mucho y también bajan a beber agua a la piscina. Ha seguido jugando con piedras, con el agua de la piscina, comiendo en trona, durmiendo en cuna. Pero todo ha sido diferente, y aún se aferra a ello.

Hemos vuelto sin que diga ninguna palabra, pero con nuevos trucos. Ahora sabe dar abrazos, y los da cuando quiere y en los momentos en que sabe que nos gana, como cuando nos hemos enfadado con él o nos ha pegado. Pone morritos y nos partimos de risa, por eso lo usa como una segunda arma para conseguir lo que quiere. Y ha aprendido una tercera cosa importante, a comer aceitunas y a sacar él solo el hueso. Sabe qué se come y qué no, aunque la arena y las piedras le sigan pareciendo apetitosas.

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Una gran lección

El miércoles aprendí una gran lección. Y me la dio mi hijo, que es quien tiene que darme ahora las grandes lecciones. Hace quince días empezamos a signar con el enano, haciéndole el signo correspondiente a cada palabra para ayudarle a expresarse antes de decir sus primeras palabras. En este tiempo he dudado de que mi nene pudiera signar, simplemente porque, debido a que es prematuro, o por otra razón, la mayor parte de las cosas le cuestan más.

Y me había hecho a esta idea, llegando a pensar que mi bebé sería el único que no podría signar. Y eso que la instructora de Cinco Deditos me aseguraba que todos los bebés signan, siempre y cuando los padres sean perseverantes. Pues bien, el miércoles, merendando bizcocho en casa de unos amigos, y cuando yo no miraba, signó. Me dicen que hizo el signo de ‘más’, juntando las dos manitas, y que se acercó a la mesa a por otra galleta. Así de fácil.

Cuando me avisaron no me lo podía creer. ¡Si le he hecho el símbolo mil veces en casa sin resultado! Quizá fuera una ilusión óptica o quizá si lo hizo realmente. Pero si así fue, qué simbólico que se lo hiciera a otras personas y no a una madre ciega que le pone limitaciones sin darse cuenta.

manita Sigue leyendo