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En busca de nuestra playa

huellas en la playa

Hace cuatro veranos encontramos nuestra playa. Una playa nuestra, vacía, un paraíso personal de esos que no se pagan con dinero. Estaba en Algarve, cerca de Carvoeiro, una cala inaccesible salvo entrando por mar o atravesando una cueva en la roca. Sin esperarlo, me colé por aquel agujero para investigar y nos topamos con ella por sorpresa.

Fue nuestro rincón escondido, ese que muy pocos conocen y que durante unas horas de un día soleado de julio fue sólo nuestro. Una playa a la que no se va a veranear, tomar el sol o pasar el día, sino una que te emociona y a la que te evades el resto del año en tus sueños.

La semana pasada, también sin quererlo (así tienen que ser estos momentos) volvimos a encontrar nuestra playa. Esta vez no era una cala para ir en pareja: íbamos tres y sólo buscábamos tocar la arena. Descubrimos un espacio natural impresionante. Un rincón salvaje, cobijado del fuerte viento que azota Lanzarote en diciembre y en el que volvimos a sentirnos en nuestra playa. Un lugar en el que echamos una cabezada, comimos, nos sacamos unas fotos, tomamos el sol y jugamos a lanzarnos bolas de arena húmeda y cubos de agua sin avisar. Sigue leyendo

¿Playas de arena blanca o negra?

A todos nos viene a la cabeza la imagen de una playa de arena dorada o incluso blanca al pensar en un lugar paradisíaco, y nos olvidamos de las playas de arena negra, de apariencia más salvajes y naturales, y que también tienen mucho de paraíso. Así lo pensaba yo, criatura de interior a la que le daba igual de qué color fuera la arena mientras se pudiera tomar el sol. Después de visitar varias playas negras en nuestras últimas vacaciones a Tenerife, rectifico: prefiero las de arena blanca, sobre todo si se viaja en familia.

playas de arena blanca y negra

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Flechazo con la arena (galerna incluida)

Si para los de interior ir a la playa con un bebé ya es una odisea de por sí, que te sorprenda un vendaval parecido a una galerna del Cantábrico, ya es para medalla. El sábado nos aventuramos a pasar el día en la playa de Orio, en Guipúzcoa, un lugar tranquilo que nos encanta y donde siempre hemos pasado buenos ratos.

Aunque siempre que buscamos mar acabamos en Ondarreta, en Donosti, optamos por ir a Orio para estar más tranquilos y aparcar con más facilidad. Era la primera vez que íbamos con nuestro hijo y descubrimos que es un sitio perfecto para bebés y niños. Al lado del aparcamiento de la playa hay un estanque con patos, ocas, pavos reales y otras aves que nos sirvió para entretener al enano mientras descargábamos todos los bártulos del coche. Además, en el jardín pegado a la playa hay un parque infantil enorme, los servicios y duchas están muy bien y los bares de la zona también (buenos y baratos)

playa de Orio

El sábado aprendimos varias cosas: que la silleta viene a las mil maravillas para llevar todos los bolsos (por supuesto, íbamos cargados hasta las cejas) y que en la arena se lleva mejor arrastras que empujando. Esto tuvo que venir a decírnoslo un padre, porque debíamos de llevar el cartel de “primerizos” encendido. Y con respecto a la arena, otras tres más importantes: los bebés están enamorados de la arena, es un flechazo instantáneo, da igual que no se conozcan. Segunda enseñanza: todos se la comen. Creo y espero que ninguno haya muerto por ello. Da igual que le digas que no se come, cuando no miras, arena a la boca, y todos tan felices. Y tercera: el cubo, pala, rastrillo y los moldes del chino no son juguetes vintage, valen su peso en oro. ¡Nunca unos trozos de plástico dieron tanto de sí!

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