Archivo de la categoría: Maternidad con humor

Para sobrellevar mejor la maternidad hay que tomarla con humor. Así que vamos a reírnos.

De supermanes y vacas

Mi hijo tiene un traje de superman secreto. Una camiseta mágica que le da superpoderes y con la que le pasan cosas buenas. No hace falta que me lo diga, porque todos lo sabemos es la camiseta de Osasuna que descubrió hace unos meses cuando se le despertó su gen futbolístico. Por eso, se la escondo en la balda más alta del armario, donde él no llega, para que la dosifique. Si no, se la pondría todos los días y dejaría de hacerle efecto. En parte, además de que no me gusta que vaya siempre equipado, lo hago para que siga funcionando su magia.

Cuando lleva la camiseta gorria puesta se viene arriba. No ha visto nunca un partido del equipo rojillo, pero no le hace falta. Porque nada más ponérsela se invade de energía y corre y salta como nunca. El efecto lo notan rápidamente los demás: le llaman el próximo fichaje, le hacen bromas en el ascensor, le silban por la calle y los niños mayores le miran con simpatía. Y todos sabemos qué significa a estas edades que te miren los mayores.

Él, que con sus dos años y medios pasados está aprendiendo mucho de la vida, cree que con ella puesta tiene carta blanca para todo. Hasta para entrar a la frutería a lucirse y, de paso, hacerle ojitos a la tendera para llevarse una fresa, un puñado de cerezas o unas mandarinas, que ahora saben riquísimas.

Este comodín de la camiseta me lo guardo para momentos especiales, como cuando está sin ganas de ir al cole o para el día que se va a separar de nosotros para irse al pueblo con los abuelos. Las madres tiramos de nuestros particulares recursos y este equipo rojillo, que a mí no me da alegrías porque no las busco, al menos me da un as en la manga para salir airosos de los malos momentos. Sigue leyendo

Una de esas tardes

Hacía tiempo que no tenía una de esas tardes en las que la única salida posible es meterse bajo tierra y no salir. Una de esas tardes en las que te preguntas en qué andaba pensando yo al meterme en el berenjenal este de la maternidad. Una de esas tardes en las que te acuerdas de aquellos tiempos de tranquilidad de una época pasada en la que todo era más sencillo.

Pero como suele pasar en esto de la maternidad, y me temo que está comprobado por muchísimas madres, en cuanto te confías y crees que todo va como la seda, la realidad te vuelve a poner en tu sitio. Cuando crees que lo tienes controlado, que puedes hacer recados en un tiempo más o menos razonable, por ejemplo, descubres que todo era un espejismo y que nunca has tenido el control. ¿En qué película decían eso de que nunca has tenido el control, es sólo que te habían hecho creer que lo tenías? Porque han dado en el clavo.

Me quejaba yo en su día de que ir de tiendas con un bebé era un infierno, pero me temo que todo es susceptible de empeorar y que sólo el tiempo demuestra que los agobios de los primeros meses son sólo para ir cogiendo fondo para lo que viene después. Aquello era un paseo de rosas comparado con acercarse a un centro comercial en plena vuelta al cole y con la operación pañal descontrolada, además de un niño de dos años que huye de la mano de su madre y escapa a investigar por su cuenta y riesgo.

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Cortafuegos, frailecillos y patilludos: las calvas de los bebés

A mi alrededor se ha producido un baby boom que tiene mis hormonas locas. Y entre tantos bebés de pocos meses y recién nacidos, he tenido tiempo a estudiar esas tiernas cabecitas de bebés que tan locas nos ponen. En cuestión de pelos, hay de todo. Ésta es mi clasificación, ¿me dejo algún tipo más?

– Los bola de billar. Nacen calvos totales, y por no tener, no tienen ni cejas. Son las cabecitas más besadas de todas. Y aunque parezca que no tienen pelos, terminan dejando pelitos finos en la cuna, esos que sólo una madre puede descubrir entre sus sábanas. Esas madres que, por cierto, se ahorran un buen dinero en peluquería durante el primer año.

– Los recién nacidos con pelazo, esos que nacen ya con pelo largo y frondoso, el que otros bebés calvitos no tienen hasta unos buenos meses o un año después. A las enfermeras de maternidad les encanta peinarles furtivamente, echarles colonia sin preguntar y hasta ponerles raya a un lado para darse el gustazo. Son carne de cañón de las peluquerías de niños.

El cortafuegos: la zona que queda despelujada forma un cortafuegos en su cabeza, de oreja a oreja, y sigue la marca que hace el bebé en la cuna al girar su cabeza de lado a lado. Es la más común y puede pasar desapercibida si no te fijas mucho.

pies bebe 2

La cresta: hay bebés a los que, curiosamente, el pelo sólo les crece, o les crece en mayor cantidad, como si fuera una cresta. A simple vista no se nota mucho, pero en las fotos queda más en evidencia (cuando no terminan posando con gorrito). Esto le ocurrió al mío, que parecía un rockero y pasaron meses hasta que la cabeza se le fue igualando. Sigue leyendo

La hache del infierno

Todo lo que habíamos avanzado con el tema del dormir durante el curso, -horarios, normas y hábitos-, ha estallado por los aires con la llegada del verano. Nos hemos relajado, y mucho, y esto ya no hay quien lo arregle. Somos ahora víctimas de un colecho forzoso que tampoco nos duele tanto, pero que en muchas ocasiones molesta un poco y que tiene forma de puñetazos en el ojo, tortazos a mano abierta en la cara y, sobre todo, pateo de riñones. Precedidas, eso sí, de caricias y preciosos ‘mamá’ antes de dormir.

De nada nos valen ya mis técnicas patentadas de huida ninja cuando se ha dormido, porque él tiene claro que prefiere nuestra cama de metro y medio a la suya de medio metro, y hace todo lo posible por escabullirse. Desde despertarse en medio de la noche y aporrear la puerta (si es que está arrimada y no consigue abrirla), hasta meterse en nuestra cama o directamente gritar en medio de la noche para meterse con nosotros. Así que sí, la cama de matrimonio es ya territorio de tres, y está claro quién manda.

niño durmiendo en la cama de sus padres

Los libros de la mesilla son cuentos infantiles y el tradicional vaso de agua no nos abandona. La sábana con la que me gusta cubrirme para dormir aunque estemos a 30 grados ha quedado ya en desuso, aquí nadie se tapa si él no quiere y lo demuestra con una serie de patadas que pueden acabar en tu ojo si te descuidas. Sigue leyendo

Técnicas de huida cuando se ha quedado dormido

En estos más de dos años creo que hemos probado todas las posturas posibles para dormir a nuestro hijo. Sea con nosotros en nuestra cama, durmiéndolo en brazos, con cuentos, canciones, dejando que nos pellizce, arañe o tire del pelo, hemos experimentado un sinfín de métodos que seguimos explorando cada noche. Siento envidia de esas familias con niños que se van sólo a sus camitas y se duermen, o esos bebés que los dejas en la cuna y te olvidas. Mi hijo nunca ha sido así, así que hemos tenido que ser muy creativos, una vez más. Y si en alguna ocasión se ha dormido prácticamente solo, nos hemos alegrado como quien recibe un regalo inesperado.

Unas veces lo conseguimos antes que otras, pero está claro que una vez dormido, no está todo terminado. Queda el delicado momento de salir de la habitación y cerrar la puerta para respirar con alivio, ¡por fin! Unos instantes en los que te juegas todo: un paso en falso, y se despertará, te volverá a reclamar y la historia empezará de nuevo.

Así que cada noche, después de dejarlo dormido, salgo de la habitación como si pisara un campo de minas. Hay noches en que podría salir tirando todos los muebles a mi paso, y él ni se enteraría. Pero otros días me he visto obligada a echarle imaginación al tema, inspirándome hasta en películas de guerra, para evitar hacer el menor ruido que le despierte. Y esto nos ha pasado sobre todo cuando era más pequeño, e incluso cuando se ha dormido en nuestra cama. Éstos son todos los trucos que he probado y que quiero compartir para otros padres en apuros.

madre saliendo de la habitación a oscuras

→ La del gato sigiloso: es una de las mejores estrategias. Si el niño está en su camita y se ha dormido contigo al lado, te levantas despacio, calculando el lugar en el que poner la mano o la rodilla sin que se note en el colchón, como en un juego de contrapesos o como si jugaras al Twistter. En cuanto sales de la cama (o de la cuna, en su defecto), sólo queda salir de la habitación en silencio sepulcral. Mejor sin zapatillas de casa y en calcetines. Y mucho mejor sin que te crujan las articulaciones, como me pasa a mí con mi cadera y rodilla chasquidora, que siempre siempre se hacen notar un metro antes de que alcance la puerta. Y si no es mi propio cuerpo el que atenta contra mí, es el crujir del suelo.

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Yo también dejaré de ser una madre que mola

Aún molo, o eso creo. Porque dos años es poco tiempo para dejar de ser una madre molona. Pero el otro día, una tarde cualquiera en la que daba de cenar a mi hijo, me sobrevino la sensación de que pronto voy a dejar de molar. Yo, que a mis 31 años de juventud me creía una madre moderna, de pronto me encontré con una sensación fría que me recorría la espalda y una certeza: cada día es una cuenta atrás hasta el momento en el que me convierta en una carroza, una madre carca o como quieras tú llamarlo.

La cosa empezó sin más. El peque tenía hamburguesa de espinacas para cenar y me animé a poner un poco de música para hacer algo diferente mientras le cortaba en trocitos la carne. Primero Adele, y después Coldplay, hasta terminar con un tema movido de Rihanna en los que fui enseñándole cuáles eran los instrumentos musicales principales.

Pero al llegar a la guitarra, como nos pasa a todos, me fui animando y acabé cantando y bailando como una rockera de los 80 en la cocina, todo sea para soltarle una sonrisa. Pero no llegaba.Y aquello sí que era raro en un niño que se ríe hasta con una piedra.

Su reacción fue un jarro de agua fría. Se llevó una mano a la frente y agachó la cabeza. Por si había sido un gesto involuntario y sin el significado que me resistía a darle, se lo pregunté directamente, “¿Quieres que me calle?”. “Siiiií”, fue su seria respuesta. Para no hablar con dos años, el tío dio en el clavo.

avestruz mola

¿Qué es eso de que ya no molo?

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