Archivo de la categoría: Madres desesperadas

Porque todas nos hemos sentido sobrepasadas. Cómo no morir en el intento de ser madre.

La explosión del gen futbolístico

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Tengo que estudiarlo científicamente aún, pero estoy segura de que, además del gen masculino que les hace repeler cualquier tipo de tienda de ropa, los niños vienen con otro gen futbolístico de serie que salta cuanto menos te lo esperas y los convierte en pequeños hooligans.

Creía que tenía ganada mi guerra personal contra el fútbol porque mi hijo era de mi bando: mostraba un desinterés total por el balón y el equipo de los amores de su padre, Osasuna. Me las prometía felices con mis tardes de cocinitas y obras, cualquier cosa con tal de no hablar de chutes, paradones o fueras de juego. Hasta que ayer, sin saber cómo, al pequeño se le encendió la chispa del fútbol. Sigue leyendo

Técnicas de huida cuando se ha quedado dormido

En estos más de dos años creo que hemos probado todas las posturas posibles para dormir a nuestro hijo. Sea con nosotros en nuestra cama, durmiéndolo en brazos, con cuentos, canciones, dejando que nos pellizce, arañe o tire del pelo, hemos experimentado un sinfín de métodos que seguimos explorando cada noche. Siento envidia de esas familias con niños que se van sólo a sus camitas y se duermen, o esos bebés que los dejas en la cuna y te olvidas. Mi hijo nunca ha sido así, así que hemos tenido que ser muy creativos, una vez más. Y si en alguna ocasión se ha dormido prácticamente solo, nos hemos alegrado como quien recibe un regalo inesperado.

Unas veces lo conseguimos antes que otras, pero está claro que una vez dormido, no está todo terminado. Queda el delicado momento de salir de la habitación y cerrar la puerta para respirar con alivio, ¡por fin! Unos instantes en los que te juegas todo: un paso en falso, y se despertará, te volverá a reclamar y la historia empezará de nuevo.

Así que cada noche, después de dejarlo dormido, salgo de la habitación como si pisara un campo de minas. Hay noches en que podría salir tirando todos los muebles a mi paso, y él ni se enteraría. Pero otros días me he visto obligada a echarle imaginación al tema, inspirándome hasta en películas de guerra, para evitar hacer el menor ruido que le despierte. Y esto nos ha pasado sobre todo cuando era más pequeño, e incluso cuando se ha dormido en nuestra cama. Éstos son todos los trucos que he probado y que quiero compartir para otros padres en apuros.

madre saliendo de la habitación a oscuras

→ La del gato sigiloso: es una de las mejores estrategias. Si el niño está en su camita y se ha dormido contigo al lado, te levantas despacio, calculando el lugar en el que poner la mano o la rodilla sin que se note en el colchón, como en un juego de contrapesos o como si jugaras al Twistter. En cuanto sales de la cama (o de la cuna, en su defecto), sólo queda salir de la habitación en silencio sepulcral. Mejor sin zapatillas de casa y en calcetines. Y mucho mejor sin que te crujan las articulaciones, como me pasa a mí con mi cadera y rodilla chasquidora, que siempre siempre se hacen notar un metro antes de que alcance la puerta. Y si no es mi propio cuerpo el que atenta contra mí, es el crujir del suelo.

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Diez cosas que sólo se hacen por un hijo

Está claro que nunca se puede decir de esta agua no beberé. ¿Cuántas veces nos hemos quejado por cosas que hacían y siguen haciendo nuestras madres y que ahora volvemos a repetir como copias calcadas? La maternidad cambia nuestros esquemas y lanza por los aires todas las ideas preconcebidas que teníamos antes. ¿O alguien es capaz de mantener eso de “mis hijos no verán la tele de pequeños” o “no comerán chuches hasta los cuatro años”?

En este post he reunido las diez cosas (pero podrían ser más, y cada día descubro alguna más para la lista) que jamás habría pensado que acabaría haciendo antes de tener a mi bebé (y ahora que es más mayor, ni te cuento).

1. Comer babas con galletas, babas con yogur, helado con babas… y mejor no sigo. Me refiero a todas esas cosas que tu hijo no se termina, o esos restos que se le caen y se le quedan enganchados en la ropita, y que, como no sabes dónde tirar, acabas comiendo como si nada. Es tener un hijo y dejar de ser escrupuloso para siempre. ¿A quién le escuché decir que las babas de un bebé son puras? Espero que tenga razón, porque durante el primer año de vida de mi hijo, tuve que terminar mucha de su comida. Ahora, con dos años, ya puedo decirle que no para que lo tire a la basura (bendito el momento en el que empiezan a entendernos).

2. Meter la mano en la boca del bebé para sacar un resto de comida que amenaza con quedarse atragantado o para tocarle las encías para ver si el origen de sus males son los dichosos dientes o no… y de paso, a cualquier hijo de vecino que se ponga por delante. ¿O soy la única primeriza que le ha preguntado a una conocida que le mire al niño los dientes a ver si ve que empiezan a asomar?

3. Sacar sin pudor el pecho por la calle, o donde te pille, con toda la naturalidad del mundo (como debe ser, por supuesto), en presencia de amigos, conocidos, maridos de tus amigas, amigos de tu pareja, amigos de tus padres… Algo que, ni siquiera embarazada, te veías capaz de hacer. Recuerdo que me imaginaba retirándome a mi habitación para dar el pecho. Por suerte la realidad me puso en mi sitio y, naturalidad al poder, dí el pecho allí donde podía y quería, ya fuera en la calle, en un restaurante, o en casa de unos amigos.

4. Cantar y desafinar sin vergüenza. Yo, que nunca cantaba delante de otra persona, me veo ahora tarareando las canciones más absurdas (y no solo infantiles, porque hay que tirar de todo el repertorio) en el autobús o mientras espero el turno en la carnicería. A mi hijo, con seis meses, le encantaba ‘La bamba’, así que me terminé inventando una coreografía rompedora para que se acabara el puré de la cena. Porque todas las madres cantamos como podemos y lo que sabemos. Y si no, que se lo pregunten a los padres frikerizos y al autor del manual de padres frikis, que también han tirado del repertorio de los dibujos infantiles y anuncios famosos de los 80 para calmar a sus chiquitines.

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Las cinco peores cosas de la maternidad

Dice una amiga embarazada que sólo le hablo de lo peor de la maternidad. Lo cuenta con recochineo, aunque quizá sea cierto. Pero yo lo hago por prevenirle de que esto no es el camino de rosas que todas las ilusas primerizas imaginamos. Pero, sobre todo, porque todo lo bueno se sobreentiende. Y, como si no quieres taza, toma taza y media, he pensado que mejor dejarlo escrito para la posteridad. Porque a veces es sano quejarse y las penas entre muchas, son más llevaderas. ¿Qué es lo peor de ser madre?

1. La falta de sueño

No poder dormir de un tirón durante los primeros meses, o años, es algo que se echa desesperadamente en falta durante la maternidad. Sí, hay madres tocadas con una varita mágica que paren bebés que duermen seis horas seguidas desde el primer día, pero es algo excepcional. Para el resto de mortales, las ojeras y el cansancio se convierten en compañeros de viaje inseparables.

Y, además, desengañémonos, será casi imposible recuperar esas mañanas en la cama hasta las tantas. Cuando eres madre, no hace falta usar despertador, tenemos un hijo que funciona mejor que un gallo. Llega un momento en el que empiezas a dormir mejor, pero en cuanto te confías, vuelven las noches de llantos, cambios de pañales o pesadillas. Si no está enfermo, son los dientes, y si no, es que no puede coger el sueño. Faltan horas de descanso por todos lados.

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Consejos para un reportaje fotográfico a un niño de 2 años

¿Cuál es el momento más adecuado para hacer un reportaje fotográfico a un bebé? Hay opiniones para todos los gustos, pero todo el mundo coincide en que el menos indicado es sobre los dos años, justo cuando lo hemos hecho nosotros. Y no aposta, sino por ir dejándolo y no encontrar un momento, hasta que se dio la oportunidad en forma de una oferta irrechazable.

Aunque el resultado no fue tan catastrófico como llegué a pensar. El enano me sorprendió aguantando estoicamente sentado sobre un cuadrado blanco marcado en el suelo casi la mayor parte del tiempo de la sesión fotográfica. Soportó cuatro cambios de ropa y de atrezzo, casi sin protestar, aunque hubo que sacar todas nuestras armas de distracción posibles.

La experiencia me ha enseñado que es clave elegir una buena hora para hacer las fotos, de modo que no coincida cuando está cansado o con hambre. Y si se descubre el momento perfecto, ya sólo queda cruzar los dedos para dar con la tecla de algo que le entretenga durante el reportaje fotográfico. En nuestro caso, fue un cubo con unos globos.

En cuanto los vio, allá que se sentó y se dedicó durante más de media hora a meterlos, sacarlos y chuperreatearlos entre disparo y disparo. Y funcionó. Porque los globos de colores le hicieron concentrarse, reírse e incluso hacer monadas, como metérselos en la boca para hacernos la burla. Los recogía y lanzaba al aire mientras hacía un derroche de decenas de gestos muy suyos: ceño fruncido, morritos, mirada de malo, sonrisa pícara, cara de embobado… El fotógrafo se puso fino.

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Coleccionamos enfermedades

No he llevado la cuenta, pero si lo hubiera hecho, creo que descubriría que el pequeñajo de la casa lleva los mismos días en casa que en la escuela infantil. Quitando la adaptación, ha estado todas las semanas enfermo, y además con diferentes males, para que sus padres no nos aburramos ni nos creamos que lo tenemos todo controlado. En cuanto ha entrado en la guardería sus defensas han caído en picado. En cuatro semanas de clase llevamos dos gastroenteritis (la última diarrea de casi 15 días), un brote de asma y conjuntivitis, todo ello salpicado de pequeños catarrillos de esos que nos alegran las madrugadas de bailes para atender toses, mocos y ahogamientos.

Hay una leyenda urbana que habla de un niño que empezó en su escuela infantil y empalmó tantas enfermedades que estuvo todo el curso sin aparecer. El mío va camino de parecerse al de la historia. Después de este último mes, me creo que los virus pueden saltar de niño en niño como un piojo y cruzarse así España entera sin tocar suelo ni a un sólo adulto.

De las enfermedades en sí no me quejo, porque afortunadamente el niño es risueño hasta con las mayores de las diarreas (y de cambiar la ropa de cuna a las 5 de la mañana sé un rato). Me quejo de su remedio: los medicamentos. Porque cada vez que vamos al pediatra no sudo por saber qué tiene mi hijo (ha quedado claro ya que no soy una dramamamá), sino por el jarabe, las gotas para los ojos o cualquiera que sea el potingue que nos vayan a recetar. Sigue leyendo